Salario justo a partir de una modestisima aproximación a la doctrina social de la Iglesia.
El trabajo es bidimensional; por un lado nos habla de “técnicas y medios” para dominar la tierra, pero por otro, de un actuar “humano”; siendo el primer aspecto el factor contingente y objetivo, nunca debe sobreponerse al segundo, el factor humano y estable: el trabajo, independiente de su valor objetivo, es expresión esencial de la persona. Luego, la finalidad del trabajo no es otra que el hombre mismo. En ese entendido instrumentalizar y desvalorizar el trabajo, no es otra cosa que volatilizar el valor supremo de la persona, y con ella el objeto último de su creación. Es por ello que, el trabajo, por su carácter subjetivo y personal, es superior a cualquier otro factor de producción.
Si bien el trabajo es superior a cualquier otro factor de producción, ante la realidad material, no es suficiente. Por ello sólo se hace eficaz en tanto complemento del capital. De la misma manera, el capital, se vuelve inútil sin trabajo. Es por lo anterior urgente dar vida a sistemas económicos en los que la antinomia entre trabajo y capital sea superada, un sistema capaz de comprender que el recuso principal y factor decisivo del que dispone el hombre es el hombre mismo, y que por tanto vea la clave del desarrollo y bienestar en el hombre y no sólo en el capital.
El capital no evoluciona y se hace más productivo por si sólo, requiere de manos para ello. En ese sentido, un sistema económico racional debe basar su potencia en el hombre y entender que, en tanto dependiente del hombre, esta sujeto al servicio de la naturaleza humana. Y si entendemos que los derechos de los trabajadores, con todos los demás derechos, se basan en la naturaleza de la persona humana y en su dignidad trascendente su vara de justicia debe ser no sólo la de la conmutativa, sino que también la distributiva. Es por ello que la justa remuneración y las políticas sociales de redistribución de la renta resultan inevitables a la hora de cumplir racional y no despóticamente la misión de cultivar y custodiar la tierra; porque Dios nos habló del dominio del hombre sobre los demás seres vivos, y no del de unos por sobre otros a fin de dominar su reino.
Finalmente, si los bienes poseen un destino universal en tanto que las realidades creadas existen en función del hombre; inevitable parece pensar que, la propiedad, que se adquiere mediante el trabajo, debe servir al trabajo. Así, esos bienes, deben insertarse en un contexto de normas jurídicas y sociales que garanticen su uso inspirado en criterios de justicia, equidad y respeto de los derechos del hombre, como por ejemplo el derecho a una justa remuneración.
PD: Modesto ensayito reencontrado en el mail; escrito hace unos dos años(2007), luego de hechar un vistazo al capitulo sexto "El Trabajo Humano" de la primera parte del Compendio de Doctrina Social de la Iglesia; en tiempos en que comenzaba el manjar político entorno al "salario ético" con motivo de las declaraciones de Monseñor Goic.

